Cuando terminé de leer Crepúsculo, pensé en escribir una reseña completa. Cuando iba por la mitad de Luna Nueva mi estómago comenzó a revolverse por tanta idiotez junta, y ya al finalizar Eclipse sabía perfectamente que cualquier reseña que escribiera sobre la serie no sería más que una explosión de mi incredulidad y mi decepción hacia los estándares literarios tan bajos que complacen a las adolescentes del siglo XXI.
En realidad hablar de lo que a uno no le gusta o le da mal genio no hace sino aumentar ese mal genio. Así que, en vez de escribir una reseña destrozando la serie de Stepheny Meyer, cosa que ya habrá hecho más de una persona con dos dedos de frente, decidí escribir algo de tres párrafos, finalizando con el por qué es uno de los peores desperdicios de papel, tinta y, sobre todo, tiempo valioso de un editor:
Crepúsculo encarna el comportamiento arquetípico de una adolescente ingenua, insegura y absolutamente dependiente, cuya vida no tiene sentido sin su galán. Y nunca hay en la serie nada que le indique al lector que ese comportamiento no es más que la receta para el desastre. Muy por el contrario, lo ensalza y lo endulza, hasta el extremo de representar a un hombre completamente irreal (chicos, esta serie es peor que cualquier película romántica). Y lo que es peor, en lugar de encontrar el valor en sí misma, por sí misma, la chica se sale con la suya con su comportamiento de muñequita hiperdependiente. Porque, claro, el sujeto la ama por encima de cualquier cosa, por el solo hecho de respirar. Simplemente patético.